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La violencia de género y 5 comentarios frecuentes que la refuerzan

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La violencia de género y 5 comentarios frecuentes que la refuerzan

Ana Mohedano Escobar – #NiUnaMenos

Este 25 de noviembre se celebra el “Día Internacional contra la Violencia de Género”, una lacra que afecta a nivel global a una de cada tres mujeres y que, en su expresión más trágica, la del feminicidio, nos deja cada día 12 mujeres asesinadas en la región iberoamericana. Acabar con este gravísimo problema social pasa por mirar la violencia machista como parte de un fenómeno mucho más amplio, la desigualdad que sufren las mujeres en todos los ámbitos sociales, económicos, políticos y culturales, que genera el caldo de cultivo idóneo para la violencia. Esta desigualdad está tan enraizada en nuestra cultura que a veces, sin ser conscientes de ello, hacemos comentarios acerca de la violencia que contribuyen a perpetuarla. A continuación, encontrarán cinco ejemplos de comentarios que deberíamos evitar:      1. “El marido era un loco, un criminal depravado, que mató a su mujer” Tendemos a ver a los agresores como enfermos, como casos raros, como sujetos depravados y abominables, con los que las víctimas tuvieron la mala suerte de encontrarse. Más allá de que pueda haber individuos así entre los agresores, la realidad es que los agresores son el resultado de un sistema discriminador que socialmente toleramos. Los movimientos de mujeres los llaman “hijos sanos del patriarcado”. Y es que un sistema que valora a las mujeres más por su utilidad con respecto a los hombres (como amas de casa, madres de familia, amantes, musas, etc.) que por sus méritos como sus iguales, pone las bases para que haya hombres que se consideren en una posición de superioridad, empoderados para juzgar el físico o la capacidad de cualquier mujer, para que consideren que ellas deben estar ahí para cumplir con sus expectativas. De ahí a defender su posición a través de la violencia (física, psicológica, económica, etc.) hay un corto camino.      2. “Es lo mismo la violencia de una mujer contra un hombre que al revés” No lo es. Tampoco es igual un asesinato terrorista que un asesinato, ni es igual la violencia entre dos soldados que entre un soldado y un civil, entre dos niños/as que entre una persona adulta y un/a menor. No todas las violencias son iguales. En el caso de la violencia de género, partimos de puntos diferentes, como demuestran las cifras incomparables de agresiones a mujeres y a hombres. La violencia de una mujer contra un hombre -por grave y lamentable que sea- es el caso puntual. La violencia de hombres contra mujeres, la llamada “violencia de género”, está tan extendida y tan socialmente tolerada que constituye un problema estructural, no una suma de casos aislados, y por ello debe ser abordada de forma diferente. Para darnos cuenta de cuán interiorizada está la violencia contra las mujeres en nuestro sistema, basta con repasar las canciones antiguas, más recientes e infantiles, los programas de televisión o la publicidad.       3. “¡A quién se le ocurre caminar de noche sola!” Cada vez que aparece la noticia de una nueva agresión machista, surgen comentarios sobre la víctima y sobre las circunstancias concretas de suceso: Si llevaba ropa provocativa, si caminaba sola, si era tarde, si había tenido una relación previa con su agresor, si fue demasiado confiada, etc. Ninguna ropa, ninguna actitud, ningún comportamiento puede justificar una agresión. Tampoco puede hacerlo la pretendida incapacidad masculina de controlar sus impulsos violentos o sexuales, que ha sido usada desde el comienzo de los tiempos como justificación a lo injustificable. Determinar cuál debe ser la forma correcta de vestir, o los lugares o personas que debe frecuentar es una forma de limitar la libertad de las mujeres, que tienen igual derecho de los hombres a vestir, vivir y relacionarse como deseen, sin miedo a agresiones. Además, al poner en ellas la culpa de lo sucedido, resultan doblemente agredidas: por el agresor y por la sociedad, que cuestiona su comportamiento en lugar de cuestionar al agresor. Nuestro único cuestionamiento ante una agresión debería ser cómo podemos ayudar a la víctima. Igualmente, la labor de prevención de la violencia con frecuencia se concentra en dar formación a las mujeres para actuar ante un ataque, informar acerca de las zonas y horarios que deben evitar. Pero son aún escasas las iniciativas enfocadas a los hombres para prevenir sus conductas violentas.      4. “Muchas mujeres acusan falsamente de agresiones para hacer daño a los hombres” Por supuesto, existen las denuncias falsas. Nadie ha dicho que las mujeres no puedan comportarse de forma ruin y denunciar para obtener la custodia de sus hijos o una ventaja en el ámbito laboral, por ejemplo. Pero, si miramos los datos estadísticos, se trata de un porcentaje casi anecdótico. En España, por ejemplo, solo el 0,0015% de las denuncias por violencia de género de 2015 eran falsas, según la Fiscalía General del Estado. Se trata de una cifra irrisoria, especialmente si la comparamos con el porcentaje de denuncias falsas en otros ámbitos, como el de las denuncias por robo con violencia que resultan falsas en un 60%. Por ello, ante los alarmantes casos de mujeres acuchilladas, golpeadas, quemadas vivas, empaladas o descuartizadas a los que estamos asistiendo, referirse a las denuncias falsas como argumento para limitar la veracidad de los testimonios de las víctimas parece fuera de lugar y solo sirve para reforzar la conducta de los agresores.      5. “Las mujeres dicen “no” cuando quieren decir “sí”. Es parte del juego” “No” significa no. Siempre. En cualquier circunstancia. Si tienes dudas, pregunta. Si la respuesta es negativa, es dudosa, o no puede darse por efecto del alcohol, drogas, etc. también es “no”. Y es igualmente válida si la da una mujer a la que apenas se conoce, la esposa, o la joven con quien llevamos seis horas conversando en un bar. Ninguna mujer necesita que un hombre le haga darse cuenta de lo que realmente quiere. Es capaz de valorarlo por sí misma. Y tampoco puede una negativa puede justificar que se desencadene una respuesta agresiva (“¿Quién se cree que es?”, “Se está riendo de mí”, etc.) que solo trata de cubrir con violencia la inseguridad del agresor.

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